
Diego camina con las manos en los bolsillos por Bv. San Juan, llegando a Gral. Paz. Cruza la avenida procurando no chocar contra nadie y esquivando los autos que se dirigen hacia quién sabe dónde. Nueva Córdoba es un escenario extraño de día, y Diego suele perderse entre la gente que no conoce. Pateando una piedrita con melancolía e imaginando que la gente que lo ve piensa cuánto le debe gustar el fútbol, revisa su celular para ver si, en medio de tanto ruido, no se le paso por alto algún mensaje de texto. Nada, ni una señal de vida de Sofía (ni de nadie más, se miente Diego). Es sorprendente como una cosa tan superficial como impersonal genera semejante ansiedad en un muchacho triste como él. Justo antes de mirar el pelo alborotado de una morocha de ojos azules, piensa en todo lo que tiene que estudiar una vez que llegue a su casa. Un instante después de eso, cualquier idea que no sea morocha y de un azul profundo desaparece de su cabeza. La gente deja de hacer ruido, y las cosas pasan como si Diego estuviera adentro de la pantalla gigante sobre la Casa Radical, en una escena muda y deprimente a la que nadie presta atención más que para distraerse en un semáforo. Le gustaría que la morocha de ojos azules lo hubiera mirado durante un instante, y que esa morocha de ojos azules fuese Sofía.
Ella debe estar ya al otro lado del mundo cuando Diego llega a la esquina del Patio Olmos y piensa, una vez más, en la mujer que algún día va a venir a salvarlo. Imagina que lo va a encontrar sentado en la rampa del Cineclub Municipal, que cuando lo vea va a sonreírle y luego a seguir su camino, pero que ese será el primero de una serie de encuentros imprevistos, pero esperados, que desembocarán sin remedio en la misma caminata que está haciendo, pero que, en lugar de su corazón, serán un par de manos las que estén apretadas; y no será por la congoja o la amargura, sino por la necesidad que tendrá cada una de saber que la otra sigue ahí.
Sin embargo, piensa Diego, son pocas las heroínas que salvan muchachos tristes. Además, no hay nada que le indique que ella intentará salvarlo de esa forma. Podría, en todo caso, ofrecerse a escucharlo, decirle que confíe en ella, que estará ahí para ayudarlo en lo que necesite. Quizá hasta lo abrace y le diga que lo quiere. Pero cualquiera sabe que lo último que necesita un muchacho triste como él es que la mujer que debería salvarlo, quiera hacerlo escuchándolo… ¿Escuchándolo? Piensa, de hecho, en un silencio prolongado, una calma pacífica y de respiración tranquila en compañía de esta chica; esa sería la mejor prueba de que, al menos, ha comenzado su salvación.
Diego mira su reflejo en los vidrios opacos de un lujoso hotel y se da cuenta que cruzó el Bv. San Juan. En su imagen nítida no se alcanzan a ver, a simple vista, signos que delaten su tristeza. Tal vez las manos en sus bolsillos, jugando con su celular, deseando encontrar las palabras exactas para, con sólo un mensaje, poder decirle a Sofía como le gustaría acariciarle la mejilla con el pulgar; compartir un viaje en bondi sentados uno al lado del otro; o cebarle un mate, frío de tanto hablar y olvidar cualquier cosa que no sean sus cálidos ojos azules; pero, afortunadamente, para notar eso habría que conocerlo demasiado bien.
Entre tantos pensamientos dando vueltas en su cabeza, escribe lo primero que le sale y lo envía, pensando en que es evidente que un mensaje espontáneo dejará más que claro lo que siente y lo que quiere que Sofía sienta. Un segundo después, una eternidad después, piensa en lo tontas que le resultan algunas de las frases que escribió. Cuando en su pantalla aparece “Enviado”, ya está redactando el parche que sigue irremediablemente a cada mensaje que le manda. Diego tiene tantos parches para cada cosa que le dice a Sofía, que su amor no termina siendo otra cosa que un pedazo de tela cubriendo un agujero en un viejo y ajado pantalón de jean. Ella contesta. Él le importa tanto como cualquier otro amigo y Diego ya no encuentra razones para seguir escribiendo.
Sofía no es la chica que vendrá a salvarlo. Ninguna chica es la chica que vendrá a salvarlo. Pero es solo cuestión de baldosas para que Diego comience a caminar una vez más por el barrio de Flores, y se sumerja en universos en donde los muchachos tristes son salvados por morochas de ojos azules que sonríen.
Al cruzar la rampa del Cineclub Municipal, se pone a pensar en todo lo que tendrá que estudiar una vez que llegue a su casa.
4 comentarios:
puede ser que diego sea un seudonimo, y yo conosca a ese muchachio tan deprimido???
no se porque se parece mucho a una historia que le podria haber pasado a alguien q conosco. Aunque los personajes no son diego ni sofia asi que capas que no es
capo fede
Si, ese muchachito es un seudónimo para una persona que vos conoces. Su nombre es Daniel, y está en realidad enamorado de Sabrina.
Jua, por que aparece un tipo en silla de ruedas ahi abajo? necesita ayuda un tipo en silla de ruedas para escribir?
Me pareció mas un poema que otra cosa...
Habla de cosas muy ciertas... pero de una forma q resulta poetico...
Ta muy zarpado... y se nota que la Lily Perna, la Monica Carranza o la Gorda Seguí te sirvieron de algo...
Un abrazo pats
Pesi
Esaaaaa, mirá Pato como se pone romántico..Que genio!
Chauuu saludos..voy a ver si leo algún otro..
Hacia un montón que no entraba!!
Ya no me acuerdo de sus caras ajaja
Sa*
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